martes, 5 de agosto de 2014

La Cosa entre los matorrales

                              Capítulo II



              En mi aposento creo me gustaba sentarme en el piso, admirando cómo las llamas del fuego de la chimenea estaban en pleno movimiento; o me parece que era estar recostado mirando el techo, y no sé si había un gato marrón - ¿marrón?, tengo el presentimiento de que era blanco o negro - acurrucado a mi lado.

               ¡NO ESTOY LOCO! ¡No lo estoy! ¡No lo estoy! ¡No lo estoy! ¡No lo estoy! ¡NO LO ESTOY! Yo sé lo que era esa Cosa..., esa Cosa existe, y no para de acecharme; no me va a dejar nunca en paz. Ellos no lo entienden. Yo sé que la Cosa está aquí mirándome, burlándose de mí con esa sonrisa grotesca, atormentándome, penetrando en mis más profundos pensamientos y tratando de retorcer mi cordura. 

          Estas cuatros paredes me están matando por dentro. Quiero salir. ¡Quiero salir! Déjenme salir, se los suplico.

           A veces encuentro pelos en mis manos. Gran parte de mi cabellos los veo como atorados o estancados entre mis uñas; de vez en cuando, cuando me toco la cabeza, puedo sentir partes en donde puedo acariciar mi cuero cabelludo, después mi pelo, nuevamente cuero cabelludo, a continuación más pelo y así sucesivamente. 

           Todavía quedaron marcas en mi cuerpo. No es que las pueda ver con total claridad, pero lo sé porque cuando deslizo mis manos, puedo notar la aspereza en esas cicatrices. Hay por momentos en que no vuelvo a recordar absolutamente nada y de repente estoy sentado con mis rodillas al pecho y mi espalda contra un rincón de la pared, descubriendo que hay sangre manchando mis dedos y vestimenta acarreando un dolor insoportable en mis brazos. 

            Son esas situaciones en donde aparece la Cosa. Se quiere mofar de mí. Les dije repetidamente que la alejaran de mí, que ya no aguantaba su risita estrepitosa y sombría, la manera en que me provocaba con esa maldita voz aguda pero gutural cuando me susurraba en el oído; siempre que trataba de ignorar sus horripilantes sonidos, la Cosa se desplazaba y se ponía opuesta a mí, se acercaba silenciosa y lentamente a mi rostro mientras sonría de oreja de oreja, dejando entrever con sus labios morados y escamados esos dientes filosos, desiguales y amarillentos, con olor a putrefacto, apoyando sus huesudas y arrugadas manos en mis rodillas y bisbiseando con su irritante siseo repetidamente el regocijo que sentía al verme en mi desdichada soledad. Suele ocurrir que en ese tipo de ocasiones en las que logro tratarla con indiferencia, en la misma posición, la Cosa se aproxima todavía más para luego retorcer su cabeza en un giro completo causando que el ruido de su cuello me haga estremecer. 

        Sin embargo, lo que más me aterroriza es ver sus inmensos ojos en su cicatrizada y desastrada cara: son como cuencas muy grandes en donde por poco sus órbitas salen; el pequeño destello que sale cercano a sus pupilas es como un blanco un tanto percudido y su esclerótica es lo más blancuzco que he visto comparado con el negro con ligeras rayas rojas de su iris. Esa mirada siniestra tiene la capacidad de atravesarte, hallar lo que más te debilita emocionalmente y tergiversar tu racionalidad hasta llevarte al borde de la desesperación.

          
           

        Bueno, gente, este ha sido el capítulo dos. Si alguno/a tiene una crítica o algo parecido, escríbanme. Si les gustó, háganme saber en los comentarios y compartan. Tengo cuenta de Twitter también. ¡Nos vemos! ¡Que tengan un excelente día!

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